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La sospecha: Sobre Cátulo Castillo.
Por Pablo Soprano

 

Cátulo ingresó con sumo cuidado a la oscura habitación. A la cabecera de la ancha mesa, un viejo ciego sintió su presencia. Tanteó su mano y lo sentó a su lado.

Imagen 1. Cátulo Castillo, Revista TodoTango
Cátulo Castillo

Aquella tarde de agosto de 1906, llovía torrencialmente en Buenos Aires. Un frío endemoniado se abatía sobre la ciudad. El aguanieve se acumulaba en los cordones de las veredas mientras, en el Centro, la humedad del empedrado hacía resbalar los cascos de los caballos y a sus respectivos carros. Para qué hablar de los barrios periféricos, entre el barro y los grandes charcos de agua.

En medio de ese panorama, un empleado de Tribunales veía cómo la lluvia caía con violencia sobre el ventanal y pensaba en un poema inspirado en su hijo por nacer. Aun tapado de expedientes, no dejaba de mirar la ventana. En ese instante,  entró a su oficina un amigo, también poeta, y le dijo: “Pepe, ha nacido tu hijo ‘Cátulo’…” Adelantándole, tal vez, el futuro nombre del crío.

Dejó atrás el ventanal, el poema, al amigo. La lluvia y el frío de la ciudad le dieron de lleno en la cara. Le costó llegar a la casita de la calle Castro 947, donde lo esperaba su extenuada compañera. Estaba empapado, tiritaba. Con emoción, l dio un fugaz beso en la frente a su mujer y tomó en sus brazos al recién nacido. Ella alcanzó a gemir: “José, ¿adónde vas?” Salió al patio, lo levantó hacia el cielo y se lo ofreció a las espesas gotas heladas que caían mientras el hombre exclamaba, en un alocado ritual:

Querido hijo, ¡que las aguas del cielo te bendigan!”

Pepe jamás sospechó que el lirismo anarquista de ese bautismo ateo y pagano dejaría al pequeño al borde de la muerte. El bebé Cátulo estuvo durante tres o cuatro días, en el Ramos Mejía, con una pulmonía galopante.

El ciego acercó su boca al oído de Cátulo y, sin haberle preguntado nada, comenzó a hablar: “serás un gran poeta, un mejor letrista y un respetable músico. Tendrás grandes amigos y el reconocimiento de tus pares. Vivirás hasta el…” Cátulo abrió grandes los ojos. No podía creer lo que escuchaba

Cátulo Castillo y su padre
Cátulo Castillo y su padre

 

Acompañado por sus camaradas de ideas, Pepe fue a anotar al niño al registro civil. Los amigos sospechaban que la testarudez del padre traería problemas con el empleado municipal. Gracias a la lucha incansable de los obreros anarquistas, meses atrás, se había sancionado la Ley de Descanso Dominical. Contenido por sus acompañantes y de manera acalorada, Pepe insistió ante el funcionario, quien se negaba aceptar ponerle a su hijo el nombre elegido: “Descanso Dominical Castillo”. Cuando la cosa ya iba a pasar a mayores, uno de sus amigos, aficionado también a la poesía, propuso “Ovidio Cátulo”, en homenaje a los poetas romanos. Sólo así Pepe aflojó

Salió confundido por las revelaciones escuchadas en esa habitación en penumbras. El brillo de la tarde lo encegueció. Necesitó calmarse y fue a un bar. Allí tomó la determinación de hacerse grabar una medalla con la fecha pronunciada por el viejo ciego: el día exacto de su muerte.

Cátulo, Homero, Piana, Maffia
Cátulo, Homero, Piana, Maffia

 

En 1910, Pepe se exilió junto a su familia en Valparaíso, Chile, debido a sus ideas anarquistas. Pocos años después, en Buenos Aires, le estrenaron un sainete en el teatro “El Nacional” y esa fue la señal para volver. El peligro había pasado. La situación económica había mejorado y eso le permitió enviar al pequeño Cátulo a estudiar piano y violín al Conservatorio Bonaerense. Allí, Cátulo comenzó a componer y a escribir sus primeros poemas, influenciado por Rubén Darío, a quien conoció en su propia casa, ya que era amigo de Pepe. Cátulo le mostró a su padre estos versos escritos:

Duerme y sueña la princesa/ sobre su lecho de rosas/ La cabeza de su alteza/ tranquilamente reposa

Con incredulidad, le preguntó a su hijo si esos versos los había escrito él. No pudo ocultar su orgullo, cuando el pibe le dijo que sí. Y, ahí nomás, Pepe González Castillo- el fundador de la Universidad Popular, de los primeros integrantes del Grupo de Boedo, el director de Compañía del Teatro General San Martín, el dramaturgo y compositor, el gran amigo de Higinio Cazón y de José Betinotti- supo que Cátulo iba a ser mejor que él mismo. No se equivocó, compuso “Organito de la Tarde”. Al tiempo, un pibe de pantalones cortos, que vivía a la vuelta de su casa, le tocaba la puerta y le decía:

- ¿Cómo te va? Sos Cátulo, el autor de “Organito de la Tarde”, ¿no? Mirá, yo tengo una letra, ¿te animás a ponerle música? Se llama “El Ciego del Violín”.

Cátulo leyó los versos, levantó la vista y comprendió que estaba frente a un gran poeta. Le pidió solamente cambiarle el título. El letrista de pantalón corto era Homero Manzi . Y, en ese momento, no sólo nació una amistad para toda la vida –amistad a la que luego se sumarían Aníbal Troilo y Sebastián Piana- sino, una composición hermosa, “Viejo Ciego”. Apenas tenían 17 y 16 años.

Esa medalla acompañó a Cátulo toda su vida. Siempre se le atribuyó fama de cabulero. Sin embargo, él cuidaba ese secreto. Conocía el día de su muerte, o, por lo menos, creía conocerlo. Y, ahí estaba, esa medalla que escondía una enigmática y secreta fecha.

Cátulo Castillo en Sadaic
Cátulo Castillo en Sadaic

 

Cátulo Castillo fue uno de los más grandes compositores de tango de su tiempo y de todos los tiempos. Como Manzi, como José María Contursi o como Homero Espósito. Gran músico, -se jubiló como director del Conservatorio Municipal de Música- excelente arreglador y mejor poeta. Sus letras quedaron marcadas a fuego en la historia de nuestra música ciudadana. A tal punto que Carlos Gardel le grabó varios de sus versos: “Organito de la Tarde”, “Caminito del Taller”, “Juguete de Placer”, “Silbando”. Fue de esos compositores populares que aún sin conocerlo o sin saber mucho de tango, seguramente, todos escuchamos algunas de sus canciones:

María”, “Tinta Roja”, el vals “Caserón de Tejas”, “Desencuentro”, “La Cantina”, “Patio Mío”, “Che, Bandoneón”, “La Última Curda”, “El Último Café”, “Una Canción”, “Anoche”, entre otras tantas. Como su padre, Cátulo se volcó a la política: no a las ideas libertarias, sí al yrigoyenismo y luego al peronismo. Fue también socio fundador de SADAIC, por el reconocimiento de los derechos de autores y compositores. En 1951 sufrió la pérdida irreparable de su amigo Manzi, a quien le dedicó el bellísimo,“A Homero” y en donde también recordó a Pepe, su padre:

Vamos,

vení de nuevo a las doce…

Vamos

que está esperando Barquina.

Vamos…

¿No ves que Pepe esta noche,

no ves que el viejo esta noche

no va a faltar a la cita?…

Vamos…

Total al fin nada es cierto

y estás, hermano, despierto

juntito a Discepolín.

Esa mañana del 19 de octubre de 1975, Cátulo amaneció feliz. Estaba contento y , durante el almuerzo, se reía de los horóscopos, los vaticinios y las sospechas. Recordó a su padre, pensó en Homero. Comió despacio, liviano. Se fue a dormir la siesta. Su esposa sospechó que algo no andaba bien y subió a despertarlo. El presagio de aquel viejo ciego se había cumplido, inexorablemente. Lo primero que la mujer vio fue el brillo de la medalla en el pecho de Cátulo.

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