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La sospecha: Entrevista a Miss Bolivia

Entrevista: Nora Lomberg, Gabriela Stoppelman
Edición: Nora Lomberg, Gabriela Stoppelman

 


GÉNESIS

Desde el vientre ya me aturdían. Por eso, mientras me probaba distintas formas, me ejercitaba en colarme entre dos latidos, en impregnarme en un soplo de aire o en adherirme a una corriente de sangre hacia algún rincón. Por extraño que parezca, siempre amé los sonidos de mi madre. Sin embargo, mi origen es confuso. Algunos dicen que me gestó una palabra, otros opinan que soy el resquicio que brotó entre otras dos. Yo -recordar, lo que se dice recordar- no recuerdo nada. Pero mi materia es escurridiza y pregnante, por eso me tizno de huellas en cualquier camino. Así que algunos ecos de mi origen me resuenan más que otros. Y, aunque esas leves marcas no alcancen para afirmar un comienzo, son suficientes para hacerme pariente de la grafía y de la canción. Soy de la genealogía de los vacíos encerrados entre las siluetas de las letras. Soy del linaje que espacia términos y amaneceres, que escancia el blanco entre dos párrafos o abre abismos elocuentes entre un verso y su portavoz. Sin duda, hago familia con las cadencias. Más que todo, con las que se pretenden firmes y después decaen hacia una mínima filigrana de sonido, cuando el canto apaga la luz. En fin, quiero decir que no importan tanto mi instante cero ni mi instante uno, porque es en los segmentos curvos del tiempo, donde me aquerencio mejor. De mi infancia, recuerdo los modos de tristeza, cuando las sombras de ciertas frases se llenaban de ausencia y malos presagios. Pero también la alegría al romper de un tajo la soberbia de un verbo, al juntarme con cifras y garabatos para inventar el lenguaje nuevamente y ser esa banda cautelosa de interjecciones y puntos, donde no había espacio para ningún héroe, para ningún abandonador. Un día, tan acostumbrado a ser apenas visible, sucedió lo inesperado: alguien me leyó. Yo ya había pasado las pruebas de los espejos, el desafío desnudo de las grabaciones y hasta me había casi visto en los bordes de algún olor. Aunque leído, ser leído, eso sí no me había ocurrido nunca.

Xul Solar. "Tú y yo" Acuarela sobre papel, 1923.
Xul Solar. “Tú y yo” Acuarela sobre papel, 1923.

 

UNA INFANCIA

“A veces la infancia es más larga que la vida”
Ana María Matute

Sin fanfarronería, sé que muchos me prefieren. Por distintos motivos, claro. Algunos, por acallamiento: tan acostumbrados a acumular, amontonan hasta lo que no se dice. A veces el tiempo de ausentarse del sonido vuelve traición y cobardía lo que en un comienzo fue mera omisión. Pero están también los otros, seres intensos y a la vez pausados, donde la intrepidez de la frase nunca le gana al cuidado del otro. Esos hablan con pasos suaves. Antes de lanzarse, leen el mapa de cicatrices y hundimientos del rostro. Atienden al cuerpo, al modo en que los hombros se repliegan ante la inminencia de una palabra bala y a la forma en que los ojos se expenden ante una palabra abuela. “Prefiero el silencio”. ¿Qué se puede leer en el silencio?, ¿en qué potencia ‘el silencio’ tu palabra, tu música? El silencio es una de las figuras musicales que más me gusta y me resulta ultra revolucionaria. Lo aprendí de chica, cuando leí sobre una obra de Cage, íntegramente conformada por silencios. Estoy harta de la sobreestimulación a la que nos encontramos sometidxs en esta era digital. Lo provocador y revolucionario, para mí, es el silencio. El silencio es poder elegir. El silencio es ser capitana de mi propio barco. Yo tuve una infancia marinera. Un poco balbuceaba, un poco retenía los bordes de mi futura consistencia. Era más bien de andar solo, en un barco discreto, que apenas conversaba con el murmullo del mar. Barco sin papel, sin timón y sin bandera, un día atisbé el horizonte. Entonces, sí, me erguí entre dos graves, acepté del viento algunas alteraciones y, por fin, fui capitán. Aunque eso ya es otro capítulo. 

 

PRIMEROS MIEDOS

“Me dan miedo esas grandes palabras que nos hacen tan infelices”
James Joyce

Sipo Limataien.
Sipo Limataien.

Yo no sé si el espacio entre esas dos notas era muy estrecho o fue mi propio cuerpo el que se contrajo hasta casi la nada. Yo no sé si tiene razón la Pizarnik, y el silencio es eso que se produce entre dos palabras o la posta la escribe Miguel Ángel Bustos: “Escribe mientras sea posible. Escribe cuando sea posible. Ama el silencio.” Lo cierto es que ya perdí el rumbo de quién soy. Así, un poco desasido en escritura y otro poco en frases musicales, sospecho de todas las afirmaciones leídas más allá de un tiempo y un cuadrante. Quiero confiar. Amo a los seres que confían, porque con su letra tienden puentes. Pero a veces me tironea el miedo y otras, hasta el odio. Y siento que, salvo retirarme, esta cinchada entre lo que quieren de mí, lo que sentencian y lo que callan es la arena donde puedo disputar mi tiempo. Dice tu libro: “Lo opuesto al amor no es el odio. Lo opuesto al amor es el miedo”. Entonces, ¿quien siente miedo no ama?, ¿no hay miedo en el amor? La verdad, no sabría decirte. Yo tampoco sé qué decir. Por eso callo. Y eso que no es mi mejor estilo, a pesar de que todas las desconfianzas me rodean. No soy un simulacro donde se esconden las segundas intenciones, ni un recreo para pasar propaganda entre dos episodios del sonido. Me pienso, me piensan. A veces caigo en manos anartistas, me inmiscuyo en algunas de sus preguntas. Como esta: El tema de nuestro número es “la sospecha”. Pensamos que la suspicacia -como sospecha de mala intención permanente del otro- es un modo de vincularnos que le viene muy bien al capitalismo. ¿Qué opinás? ¿Cómo vinculás la confianza con la lucha contra el miedo? Me resulta demasiado compleja la pregunta. Paso a la siguiente. Gracias. Si lo sabré yo, no es nada fácil hablar a la distancia, por mail, con los cuerpos ausentes, desprovistos de gestos y de reciprocidades. Se hace lo que se puede. A mí también me resulta compleja la pregunta. Pero sigo en la búsqueda.

Gloria Abellán Romero.
Gloria Abellán Romero.

 

LOS AÑOS DEL AMOR

 “Usted no sabe cómo yo valoro su sencillo coraje de quererme.”
Mario Benedetti

Y caí, ya no recuerdo a qué edad, pero caí como chorlito en eso de que no hay amor sin espinas. Y salí todo arañado y maltrecho. No entendí, no entiendo aún por qué esa inquietud tan colorida que intenta estrechar a los otros linda, tan coquetamente, con el dolor y el daño. No entendí, no acepté que ese fuera el único modo. Y me puse tan gris que, de tanto fruncir mi tristeza, el silencio crecido que yo ya era, casi comenzó a gritar. ¿Cómo sostenerse en el amor verbo sin conceder ante el amor merca? ¿No es de algún modo pendular?

Micahel Cheval. "Sonando silencio".
Micahel Cheval. “Sonando silencio”.

El amor que pretendo es del orden del verbo, en constante movimiento. A ese amor apunto y trabajo arduamente para poder practicarlo. El amor merca insiste porque somos sujetos permeables al sistema que nos dicta cómo amar, mediante guiones tóxicos, apoyados en dispositivos como la literatura, la tradición, la televisión y ciertas formas de psicoanálisis. El amor merca es el amor romántico, heteropatriarcal, cisbinario. Eso es falopa. Tóxica. El trabajo al que apunto es de deconstrucción de ese paradigma de amor, para romper las cadenas del romanticismo. Ese amor donde existen sujetos activos y objetos pasivos, el cortejo tóxico de la conquista, la monogamia obligatoria, la pareja romántica junto con la familia, la fábrica, la escuela, la cárcel y la iglesia. Todo eso es merca. El laburo liberador sería hacer un detox, una rehabilitación de eso y volver a escribir el amor de forma incesante, un amor que pulsa de manera constante. Una pulsación constante, como un jadeo en la letra que busca el mejor desvío para respirarse otra. Como un valle en la música, que ha comenzado a cansarse de la prepotencia de los picos. O ese modo de releer la inquietud en clave del otro. De sostener el temblor y no la mueca. El curso del detalle, más que la grandiosidad de la historia. Ojalá podamos. Ojalá.

 

GRANDES AMORES

            “(…) y queremos sanar, lo que es una manera de querer vivir”
Marguerite Yourcenar, “Memorias de Adriano”

Gregory Colbert
Gregory Colbert.

Ya era yo un adulto que no renunciaba a su niño, cuando descubrí mi incapacidad de ausencia. Donde yo me presentaba, había una falta y una presencia. Donde no me presentaba, me llevaban de los pelos. Y algo más. Me costó muchos transcursos comprender lo singular de mi tiempo. ¿Tictaqueaba yo en blancos?, ¿ mi medida era la pausa o el recomienzo?, ¿cómo podía mi materia ser aliento en el poema, años o kilómetros en la elipsis entre dos párrafos, huellas de biografía en la escucha y océanos donde van confluir las notas, en el fraseo musical?
¿Qué de singular tiene la escritura, con respecto a la música o al psicoanálisis, para abordar las cuestiones que te importan?
La escritura me permite realizar el recorte del segmento del mundo que quiero abordar. Son distintos circuitos o registros, pero muy similares en su potencial para el abordaje crítico y la proliferación significante. Cada registro tiene su magia y sus particularidadesEn la psicología y en la música hay un vínculo con el lenguaje que excede la de la mera comunicación, ¿cómo te vinculás con lo poético en cada uno de ellos? ¿Qué es lo poético para vos? Creo en el exceso de significación donde se halla la potencia. Ese exceso es lo poético para mí. No comparto el paradigma psicológico o psicoanalítico que se construye desde la cosmovisión estructuralista de “la falta”, sí creo en la dinámica excesiva. La psicología que se articula desde el paradigma de “la falta” es falocéntrica y cisbinaria, al servicio de un sistema de dominación. Por eso me encuentro a gran distancia de esa concepción y la producción significante es poética per se. La música tiene esa misma dinámica para mí. No me resulta pertinente separarlos, son distintas expresiones de la misma dinámica.

Una conmoción de lenguaje. El pecho que se cierra, la piel que se estira, el torso que busca un punto sin niebla en la desmesura. La mano que lucha el tacto de las palabras, una luz que no encandile, una sombra ajena a todo hastío.


UN TIPO MADURO, EN UN MUNDO VERDE

“Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras”
William Shakespeare

Un día fui padre. Los hijos de este silencio supieron no ser a mi imagen y semejanza. Eso sí, igual que su viejo, detestaron a los retiradores de palabra, a los perversos que, con gesto incólume, pueden desvalijarte el aliento y la voz en un mismo instante. Intentaron no juntarse con los nuevos conspiradores, esquivaron el aire comprimido de la falsa alegría y no quisieron aplastarse con el deber de ser siempre los más originales. Tampoco cayeron en esa de arruinarse la poca libertad de los días con ningún imperativo de transgresión. No, con todas sus flaquezas, con todas sus impotencias, no se disfrazaron con golpes de efecto ni se maquillaron del color de las mayorías. Igual, los hijos de este silencio heredaron de su padre el gusto de preguntar: ¿Qué es ser miserable para vos? ¿Qué es ser berreta? La miseria es negar la subjetividad del otro. La avaricia, el canutismo, la acumulación, el totalitarismo ante la pluralidad infinita de formas.

Pepe Espaliú. Sin título (Tres jaulas), 1992.
Pepe Espaliú. Sin título (Tres jaulas), 1992.

Con un padre leído desde tan pequeño, los pibes no podían sino salir ávidos lectores: “Siempre odié/Lo tibio¿Cuáles son las tibiezas más insoportables para vos en estos tiempos? Cuando en el libro hablo de lo tibio, realmente hablo de lo tibio, de la comida tibia, de temperatura tibia. No me gusta que me sirvan carne, pasta, pollo o arroz o lo que sea, tibio. Me da arcadas. Me gusta la comida caliente. Ahora bien, lo tibio como forma de ser en el mundo también supongo que me da arcadas. La dinámica del cagón, de quien habita su zona de confort y se caga en su alrededor que provoca empatía, o sororidad, y prefiere mirar para adentro o para adelante sin afectarse por el mundo. Eso es tibio y no me gusta.

En otra parte de tu libro, dice “El soretismo no se cura en análisis. ¿Podrás desarrollarnos un poco a qué llamás soretismo? Realmente no tengo mucho para desarrollar al respecto. El soretismo es “ser sorete” y creo que está escrito de modo accesible y en lenguaje universal. El sorete es sorete, por más que resulte tautológico.

Bueno, al respecto yo tengo algo para decir. Silencio sorete es el que sabe que una palabra podría salvar una vida y, aun así, la niega. Silencio sorete es la impostura de la palabra que promete y no da. Una especie de histeria de la letra, difícil de aplacar. El silencio sorete es el que sólo sabe de restas y descuentos, nunca de dones ni de ese simple dar un poco más, por las dudas que no alcance.

Salvador Dalí. "Atomicus Recreation" de Karl Taylor
Salvador Dalí. “Atomicus Recreation” de Karl Taylor.

 

GEÓGRAFO DE MÍ

Somos desconocidos para nosotros mismos”
Nietzsche, prólogo a “La genealogía de la moral”

A veces vuelvo al origen de lo incierto y me pierdo en mis propias rutas. Mamá Palabra decía que eso me pasaba por querer abarcarlas todas. A mis otras mamás, en cambio, siempre les resultó un alivio mi modo tan deseante. Lo único que las preocupaba era que me regodeara en el puro sinsentido. Padre, seguro que no tuve. Ni me dejó, ni se murió, ni se borró. No tuve. Con las múltiples versiones de mi nacimiento y las multiplicadas renacidas a lo largo de mi vida, mi orfandad nunca fue de vínculos, aunque sí, de mundo. Extraño y extrañado. Impuesto y descompuesto, usado en la saliva ácida de los peores y atorado en las condiciones precarias de muchos buenos, hoy puedo decir que yo mismo dibujé mi territorio, aunque sus bordes sean difusos y sus fronteras, frágiles. “Soy el mapa mis deseos y mis enfermedades” ¿Podés pensar tu biografía como una cartografía? Sí. A veces un mapa, a veces una cartografía. No me decido. Pero creo que todos somos eso: el mapa de nuestros deseos y nuestras enfermedades. Cuando pienso por qué vamos a terapia, la respuesta es que vamos a sanar los síntomas y enfermedades que nos trazó el capitalismo, y hay que volver a escribir, a trazar otras cartografías para poder retornar a la propia subjetividad (es utópico, pero es un buen norte).

Miss Bolivia. Tapa de libro.
Miss Bolivia. Tapa de libro.

Esta es la tapa de tu libro, con un cuerpo escrito

¿Qué tiene el lenguaje del cuerpo que no tengan las palabras? El síntoma.

Silencio. Mi cuerpo se escribe con lo indecible.

 

 

 

 

 

VIEJOS SON LOS TRAPOS

“Que la mujer del futuro, no sea el hombre que estamos dejando atrás.”
Rita Segato

Estoy grande, sí. Soy el abuelo silencio. Mi memoria es este género hecho con todos los entrepliegues de la tela del lenguaje. Soy el ruedo, en lo que aún no. El puño, de la voz que pesa en los hombros. El pespunte de los días quebrados de las cronologías, por obra de los desaparecedores y los alentadores del desierto. Soy el ojal por donde los ojos de los ausentes aún pueden curiosear nuestras vidas. Soy el desafiador de la muerte, porque ya me doy por muerto, desde que empecé a vivir. Y, aunque sospeches de mí, al verme tan magro y consumido, yo cuento y yo canto, para que nada falte, tan solo por no decir.

“Canto para no morir / Y eso que odio a los ratis de la lengua, a los ratis en general. ¿Quiénes son los ratis de la lengua? Uf, un inmenso abanico, que va desde la RAE hasta los soretes que critican, niegan y se resisten a la potencia del lenguaje inclusivo.

Shhh, esta biografía no está autorizada. Es sólo una metáfora, un modo de vivir.

¿Qué modo de pensar te aporta la metáfora? A veces, la metáfora es un privilegio. Otras veces es un exceso negador de la realidad. A veces hay que llamar a las cosas por su nombre. A veces hay que decir “femicidio”, “violación”, “empalamiento”, “basta”, “estoy harta”, en esos casos, la metáfora sería una ornamentación que resta. Mi escritura es metralleta.

Miss Bolivia.
Miss Bolivia.
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