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Ausencias: sobre los fósiles de Erfoud

Por Isabel Damico

FLECOS DEL SOL

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Nos alejamos del pueblo rumbo a la inmensidad. El apuro y la intriga se batían juntos en aquella camioneta enarenada. Una rama de lengua afroasiática se trenzó con el turbante azul del chofer, quien nos arrastró hacia otro mundo. El tiempo corría algunos kilómetros de más. Con los gestos, las cejas atentas y las comas espontáneas de la risa, pudimos suplir la falta de un lenguaje oral.

Extensas carpas de telas coloridas se enroscaban a cielo abierto en una especie de antesala, el suelo bajo alfombras árabes tendía su desnudez para el atardecer. Fue antes de terminar el té de menta, recién entonces, nos invitaron a ascender por los médanos y a contemplar la puesta de sol.

Ir a pie era una opción, pero elegimos un dromedario. Las gruesas mantas bereber disimulaban su única joroba, aunque la queja ronca del animal y sus excesos de saliva espumante crearon un ambiente tenso para quienes los suponíamos habituados a aquellos paseos.

A disgusto, nos llevaron a la cima del médano y nos posaron sobre el atardecer.

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BRASAS Y BRAZOS

En un cuarto vestido de viento, acomodamos nuestras pertenencias. Una fogata central y la música nos sedujeron con instrumentos de percusión, castañuelas de metal, entre voces de dientes muy blancos. Sobre un pentagrama de humo, las notas de fuego cantaban historias. Mis pies y mi pelvis se dejaron llevar, giré sobre sus costumbres ancestrales con los brazos cruzados sobre el pecho y, poseída sobre recuerdos propios y ajenos, bailé hasta salpicar la última nota.

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Las estrellas encendían un Sahara desierto y no cabían ni en el cielo ni en mí.

Al terminar la ceremonia, un frío pudoroso nos hizo dormir vestidos hasta el amanecer.

 

 

TIERRAS DE FÓSILES

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Durante la era paleozoica, el sureste de Marruecos no era desierto, sino mar. Erfoud fue un enorme lecho marino y los esqueletos de los animales de la prehistoria-dinosaurios, cocodrilos, fósiles de arañas, cangrejos, escorpiones, entre otros- quedaron incrustados en zonas de roca desnuda.

En la actualidad, son llevados en bloques de piedra, a las canteras donde los artesanos del lugar con apenas un cincel y un martillo golpean los brazos del tiempo.

Sentados sobre la tierra, envueltos en nubes de polvo, hurgan alrededor de figuras fantasmales. Para verlas. les arrojan agua y ellas, reviven, por un instante .

El líquido las recorre y distingue sus tonos ocultos en gamas de grises, marrones, negros, borravinos. Así el artesano las despega de su pasado infinito.

Los caprichos de la modernidad las transforman en utilitarios absurdos, mesas, fuentes, bañeras, bijouterie. Llevar un souvenir de Erfoud es engarzar un recuerdo en un recuerdo.

Las supuestas ausencias no fueron tales, regresaron. Y, como en fotos, posan en el presente sus figuras milenarias.

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POSIBLE

¿Y si supiéramos ser hallados en un tiempo indefinido? ¿Y si todos fuéramos un poco fósiles? ¿Protegeríamos más nuestro presente? ¿Tendría más sentido pensar el futuro?

Quizás, volver a la superficie nos daría el aliento de ser encontrados después de la ausencia. Quizás no tendríamos la sensación de finitud. Nos despojaríamos del miedo a la nada y ese tiempo se abriría para aprender, para saber más o para alejarnos del clásico lugar de confort.

¿Por qué no sufrimos con la misma intensidad las ausencias de futuros que las de pasados? La repetición nos alcoholiza los sueños y nos deja dormidos en el propio presente.

No hay literatura que pueda contar ese tiempo, sólo fósiles espontáneos que escribieron con sus cuerpos lo que nadie pudo.

 

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