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Claroscuros: sobre: la riqueza y la pobreza

Por Liliana Franchi

 

Aquella luz que trae sombra, la bondad infinita frente a lo salvaje, la sabiduría e ignorancia persistente, la generosidad de la juventud y la temida vejez, la utopía del pobre y la desmesura del poder, el nacimiento mas la muerte implacable, el infinito sin canto o el ahora vigoroso, lo explícito y lo implícito atrevido y brutal. Hay lunas que no traen soles.

 

UN TALLE DESMESURADO

Un paisaje doloroso, por desemejante y ofensivo, se impone en el sur de mi ciudad. Ciudad de “pobres corazones”, a esta altura, rotos en miseria y despojos de lo que queda. En esa ostentosa inmensidad de torres floridas, nos pegan en la cara casuchas casi sin ventanas y otras sin techo e incluso sin comida.

Vemos con deshonra, cómo se suma el crecimiento del hambre, a la pobreza estructural con la que convive en esta sociedad. Los pies descalzos me duelen. Y a ellos les duele tanto, que sus ojos lo gritan. Poder inescrupuloso y perverso.

Marcado a sangre y fuego, un modelo implacablemente destructivo de nuestros vulnerables y de nosotros mismos. Entonces, resistimos una vez, para poder sobrevivir a tamaña desmesura.

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LO ATAMOS CON ALAMBRE

Francisco tomaba mate cocido, lo sorbía de a poquito, por caliente y escaso. Los mocos caían pero, antes que entraran en la taza de loza casi vacía, se los limpiaba con la manga izquierda de su chaqueta raída. Mientras, con la otra, sumergía un pedazo de pan dentro de la breve infusión. La misma rutina cada mañana antes de partir para la escuela. Por la ventana, observaba el acontecer de afuera. Con cierta dificultad, debido a la cinta que sujetaba el vidrio al marco. Casa humilde si las hay, con goteras certeras, directo hacia una olla oxidada. Entonces, tomaba sus cosas y caminaba rumbo a la escuela. Era feliz en su ir y venir. Por las noches, esperaba apenas una sopa calentita. Aquella mañana fue diferente: en cuanto Francisco se sentó sobre su asiento de la fila que daba a la ventana, precipitadamente, corrió a su lado Camilo. Luego de la jornada escolar se dispusieron a caminar juntos hasta las calles que, al juntarse, dividían el barrio en dos. Camilo le contaba una y otra vez que había participado en unas marchas para que las cosas fueran más igualitas para todos. Francisco escuchaba con sus ojos negros clavados en las zapatillas blancas de su amigo. Limpias, no parecían tocar el piso. Quizás tiene otras, pensó. La luna asomaba ya y los encontraba juntos sentados sobre un tablón de madera. En ese instante decidieron separarse.

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CARA Y CECA

La puerta de madera chilló al abrirse, el plato de sopa ya estaba servido. Francisco se sacó la ropa para no mancharla y dejó sus zapatillas grises acomodadas debajo de la cama. Una de ellas ostentaba un agujero en la parte superior y rozaba sus dedos. A menudo se sentía caminar sobre el suelo de tierra, pero eso era mejor que nada.

Del otro lado de la ciudad, Camilo se sentaba a la mesa, a punto de comer alguna carne humeante. La calidez de su entorno lo acompañaba hasta el último rincón de su casa. Frente a su cama, desordenadas y encimadas, se encontraban sus zapatillas blancas, casi que entorpecían el camino.

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TARDE CAÍDA

Una tarde, apenas fresca de setiembre, los unió marchando entre una multitud. Cánticos y banderas se elevaban con vigor a la par de las ilusiones. De pronto y sin más, la confusión se impuso, se oyeron gritos, mientras lo arrastraban a Camilo por sus brazos y las zapatillas  mordían el asfalto. En ese preciso momento, Francisco gritó: “¡tiene zapatillas blancas!” Entonces, fueron por él. Para ese momento, un par de dedos habían salido por el agujero superior. Inmovilizado, Camilo vio cómo su amigo caía en las feroces manos de un enemigo impiadoso, saqueador y apátrida, lleno de odio por los pobres y orgulloso de ser su verdugo.

MORDER EL ASFALTO

Matarte, cuando recién te estaba cambiando la voz es imperdonable. Mucho se paga por las ilusiones puestas en lucha. Así se fueron Francisco y sus empobrecidas “zapas”, como él las llamaba. Quería entender el mundo desde otro costado, no tan absurdo. A veces se preguntaba para qué necesitaría él unas nuevas, si la tierra las estropearía. Pero caíste en el asfalto, duro, frío.

¿De qué  sirven las  zapatillas blancas o el asfalto impiadoso, si ellos no pueden comer?

¿En qué deslumbramiento seductor pensaban que engañaban?

A Francisco le deben una tumba con un pan mojado en mate cocido, mientras tanto, se levanta junto a otros con zapatillas grises, desteñidas,  y camina.

“Si cantara el gallo rojo, otro canto cantaría”.

Lo escucho, ahí viene, canta bajito, lo trae Francisco en su brazo izquierdo, sonríe, es feliz.

La lucha y la vida, la sabiduría y la indulgencia, la frivolidad y la mesura, odiar y amar,  así eternamente, formas de una misma cara sangrienta, que Francisco pudo desenmascarar. Los otros y Francisco, nosotros junto a él.

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