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La confianza: recorrido autobiográfico.
Por Estela Colángelo

 

OLOR A DISTANCIA
La confianza me remite al burbujeo hirviente del azúcar en olla de cobre: garrapiñadas. A la espuma de mar bravía. A los copos de nieve efímera, invisible líquido en boca golosa. Burbujas de aire caliente, frío, peligroso. “La confianza mata al hombre”, dice un dicho popular. Y agrega, “a la mujer también”. ¿A dónde voy con este tema tan difícil en tiempos de aislamiento e incertidumbre? Entonces, aparecen en imágenes los recuerdos.

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AFÁN Y FE
“Afán y fe”, así se titulaba el libro de 4to grado, que solicitó la maestra. Cuanto más incomprensible para los niños, más intelectuales y valiosos para esos maestros. En la actualidad aquella tradición parece que ha sido rescatada por algunos discursos universitarios y abolida en la literatura infantil. esteli6 bumblebee, arte callejero5dAfán es el deseo intenso que mueve a hacer una cosa: a consagrarse al trabajo, a realizar una actividad con esfuerzo o a robar. ¡Cuán lejos de mí estaba poder asociar que los vocablos afanar, afano, tendrían relación con los idealizados libros! Intuitivamente, el padre lo sabía.

– Si trae un lápiz de más la mato, si pierde alguno me enojo – decía.
El mandato entonces era cuidar los útiles de los otros más que los propios. Los niños gozábamos de una férrea confianza: las veredas, los terrenos baldíos eran de nuestra propiedad, siempre con la mirada distante y cuidadosa del adulto. El gran pedagogo Francesco Tonucci advierte que el lugar que ocupaban los niños para esconderse, jugar o hacer fogatas hoy lo ocupan los garajes que guardan autos.

 

 

DEDICATORIA
“La vida será como tú la hagas, tienes todas las condiciones para triunfar. ¡No la desaproveches!” Esa frase fue escrita por una maestra del último grado de la escuela primaria a una niña, cuyas condiciones de entorno no podían ser más desfavorables: huérfana de padre en ese mismísimo año, vivía en una villa de emergencia, era la mayor de tres hermanos a quienes debía cuidar mientras su madre atendía a las golfistas, en el vestuario del Campo Municipal de Golf de Palermo, por muy poca paga y mucha propina. La madre, además, limpiaba casas. ¿Qué motivó a la maestra? Confió en esa alumna estudiosa y disciplinada, becada para estudiar magisterio en una escuela religiosa de clase media.

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DESENCUENTRO DE DOS MUNDOS
La beca otorgada por la entonces Municipalidad de Buenos Aires consistía en la cuota mensual. A cambio, no se podía obtener calificaciones inferiores a seis puntos. La Asistente Social, María Luisa Maccio, realizó el seguimiento durante los cinco años. Cuánto estímulo y ayuda recibí de María Luisa: algunas veces cedía su oficina para que pudiera comer y estudiar en la escuela del parque Avellaneda. Mucho más adelante, otro niño la llevó a la escuela donde yo ya era maestra y nos encontramos en un largo y fuertísimo abrazo. Ella, emocionada, comunicaba a autoridades y colegas: ¡Ustedes no saben lo que tienen acá, no saben! Yo sabía que sabían y no les gustaba nada.

Pero volvamos atrás. El convento de las monjas era el lugar donde me becaron para estudiar magisterio, el típico edificio descripto por Foucault: patio central, viviendas de monjas e internas centrales, ala derecha escuela primaria, ala izquierda escuela media. En el frente las oficinas y la capilla. El convento de las monjas se sostenía entre paredes altas con dos mezquinas puertas. Las ventanas daban al interior del patio. En una ocasión, en tercer año, treinta adolescentes saltábamos en el aula, previa corrida de bancos contra la pared. Recuerdo que vino la hermana Adriana, la del rol paterno a poner orden. Daba clases en el aula de abajo y el ruido la trajo a toda carrera.
-¿Qué pasa acá?
Un prolongado e incómodo silencio hizo que le contestara.
-Estábamos saltando, hermana –dije
-¿Y de dónde sacaron la soga?- preguntó
–De la ventana- y señalé la ventana americana con persianitas graduables.
–¡Caradura, todavía lo dice, vaya a confesarse!- dijo la monja y me expulsó de la clase.
Fui a la capilla pero no me confesé. Mis compañeras decían que el cura les preguntaba si se habían indispuesto y sabía que eso estaba mal. En la villa miseria -hoy le sacaron el apellido, le dicen villa nomás- estaba todo a la vista, eso permitía a los chicos tener muchas madres: calzate, ponete un pullover que hace frío, tomá una torta frita calentita… Mi casa, como todas, era una construcción de madera y lata. La única casa de material era la de una a quien llamaban “la Reina”, que bien puesto tenía el nombre, aunque de ella solo sé que vivía con su marido y su sobrina. El resto eran precarias viviendas con mucho terreno alrededor. La mía estaba en una esquina con dos gigantescos árboles: a un costado, el gallinero. Y, del otro lado, la huerta. Mis vecinos eran “cabecitas negras” emigrados de las provincias, en busca de trabajo y bienestar. El almacenero era judío. El micro que traía a su hija de la escuela fue embestido por un tren en Villa Soldati, una masacre. Pero la Pelusa se salvó y, con la indemnización, se mudaron. Desgracia con suerte, decía mi mamá. Dos o tres familias paraguayas constituían toda la población extranjera.
Con el tiempo, la Iglesia -a unas siete cuadras- construyó un gran salón en el costado de mi casa, donde antes estaba la huerta. Ahí se daba catequesis, se hacían reuniones de la Legión de María, y venían a quedarse unos días algunos misioneros, peregrinos trashumantes, que no hablaban el idioma. A mí, que los espiaba, me parecían el mismísimo Jesús quien, de vez en cuando, se dignaba a visitarnos. Rosita, la catequista, venía los domingos con un estridente sonar de campanita y nos llevaba, en caravana de canciones, a la misa de la Iglesia Madre de Dios, Madre de los Pobres. Ellos organizaron mi fiesta de quince.

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DIOS, ¿ESTÁS?
Cuando la hermana Adriana me mandó a confesarme por decir la verdad, yo miraba a los ojos a la imagen de ese dios desconocido y le preguntaba despacito: ¿no tiene que venir la monja a confesarse?, ¿por qué yo? En mi casa y en la iglesia de mi casa, me enseñaron que hay que hacerse cargo de lo que cada uno hace.
Hasta ese momento mi fantasía era ser monja-maestra y entonces descubrí que el dios de las monjas, el de la capilla de la escuela, no era el mismo que yo conocía y veneraba. No había sucedido sólo eso. En las clases de actividades prácticas hacíamos maravillas: portamedias, portapañuelos, bordados en diferentes géneros. Pero, al entregarlos envueltos en papel celofán, la superiora se los quedaba “para la kermese”, según declaraba. Yo tironeaba el celofán.
-Es para mi mamá- le decía.
-Para tu mamá, es el diez- contestaba.
-Eso es robar- le decía a la superiora/profesora de actividades prácticas.
¿Y qué me decía?
-Vaya a confesarse, salga de acá, a la capilla.
Pasé momentos tortuosos frente a la imagen del Jesús de mi casa, que era manco y a veces hacía ruidos a la noche. También sufrí frente al grande de la iglesia y frente a cuanta estampita encontraba. ¿Dónde estás? Hasta que por fin me contesté: en ningún lugar. Asumí, con dolor, la orfandad de padre y de dios.
Un dato más: años después, durante la oscura época de la dictadura, de ese mismísimo convento, desapareció Mónica Mignone, la hija del genio rector de la Universidad de Luján.

estela1, el cano, el cristo de las rosas

¿A DÓNDE FUI?
Al misterio de los selectivos recuerdos, a las burbujas de azúcar y sal, tan necesarias y vitales como la confianza que nos hace libres, seguros de nosotros mismos, a esa construcción cotidiana que nos acompaña hasta el final.

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