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EDITORIAL

Por Gabriela Stoppelman

 

Exilio del aire, imposible mirarse de afuera, cambalache de cronologías en el reino de la obligación, meta y meta ordenar el derrumbe con sabor a triste. El deseo prepotea en el infinito y la finitud tose en la curva del codo. Ahí, en la esquina del umbral, el futuro se enneblina y estamos todos apostados a la baranda del presente, en un intento por distinguir sus formas.

Uno ve raíces huérfanas. Otro, la orfandad manotear demoras. Un tercero se apoltrona en la continuidad mohosa del puro entretenimiento. Uno más defiende el derecho a desear tan solo una interminable rascación de ombligo. Y otro le advierte contra el mal hábito de confundir derechos con anemias del horizonte.

Street art, Swoon
Street art, Swoon

Y yo, aquí, parada detrás de la ventana del geriátrico, contemplo la lucha de tu cuerpo por retomar un hilo de la palabra. No pudieron con vos el aislamiento hospitalario, ni la desidia que dejó infectarse tu piel, cuando los años te adelgazaban la memoria.

Vos, la mujer pulpo, la que revolvía con una mano la olla del almuerzo, mientras con la otra tironeabas desde el pueblo a tus hermanas, para darles la chance de un tiempo menos estrecho.

Vos, que a la vez levantabas tu mundo de intercambios, tu dosis de mortero y cuentagotas, de agua destilada y polvos homeopáticos, de frascos color caramelo para que la luz no destruyese tu fe inquebrantable en el venenoso progreso.

Cuando el mundo se puso gris, en los 70, administraste los fantasmas de tu esposo y evitaste que se le mezclaran los miedos alemanes, la fuga de la infancia y las penumbras americanas.

Y yo crecía, viéndote resbalar las horas, renunciar al juego, derrumbada en la brevedad de tus siestas, urgida en los traslados y en las demoras del transporte público. La paz y la alegría las reservabas para cuando otra vez pudieras ser joven. Tal vez, en un interregno entre el pago de los impuestos y los deberes.

Yo me refugiaba en las veredas de enfrente, yo me rebelaba sin descanso a tus laberintos productivos, yo creí haber saltado el abismo y, sin darme cuenta, corría y corría en la repetición de una velocidad  tan tuya.

Al final nos encontramos en un tiempo de cuidados, porque las dos coincidimos  en la vulgaridad del amor de folletines  y optamos por hacer guardia ante la enfermedad y las erosiones del tiempo. Comenzaste a olvidar, a llenar de silencios largos los espacios entre las palabras. Obscenamente, alguna vez casi llegué a pensar que el olvido te liberaba del peso de tantas luchas. ¿Cuándo comenzó la ausencia? , ¿fue el día en que papá apareció, sudado en temblores, porque las listas negras pisaban otra vez los talones de su biografía?, ¿fue cuando supiste que tus hijos no respiraban al ritmo de tus canciones?, ¿fue cuando,  sin madre ni compañero, dijiste basta a las rutinas de formol, alcoholes y preparados?, ¿fue cuando la abuela te azuzaba en el bote que te llevaba a rendir tu último examen, ese que te haría ser la primera en la familia con un título universitario?

 

Arte callejero, Swoon
Arte callejero, Swoon

Como una amazona compulsiva, cuando todos los diagnósticos auguraban que ya no probarías bocado, cuando el alimento se te suministra desde las vecindades de la cicatriz que marca tu origen, vos preguntaste, ¿hoy qué comemos?

Y yo, detrás de la ventana del geriátrico, detrás de un barbijo contra las zancadas de este tiempo, impregnada de alcohol en gel y repelentes, pensé que esta obstinación por gastar la vida hasta que ya no me dé cuenta de su pulso tenía una larga historia. Vi llegar a los bisabuelos, desde los campos pobres de la vieja Rusia. Venían en un idioma muy lejano, espantados de pogroms y persecuciones, que para mí fueron solo relatos, la infancia de mi literatura. Relatos de esas desgracias que no me tocaron vivir.  En el almacén de ramos generales de Basabilbaso, vi al abuelo concentrado en una lenta maniobra para envolver huevos, una torpe estrategia para leer unas líneas, aunque más no fuera en el papel de diario con que se empaquetaban las mercancías. Y vi a la abuela, implacable, sermonearlo por la pérdida de tiempo, romperle también la primera página del único libro que aún le quedaba: un Hamlet amarilleado que, ahora raído por el miedo a la pobreza, tiembla en mis manos. Y pobreza, renuncia y sacrificio resultaron los siguientes libros de la biblioteca de mi infancia. Pero también eran relatos sobre tiempos que a mí no me tocaron. Tu secundaria hecha en dos años, tres libres y dos a los ponchazos. Tu universidad como todo hechizo contra la derrota: todos volúmenes del gran cuento familiar. Ellos llenaron y llenaron los anaqueles, pero tus tiempos a mí no me tocaron.

Ahora me toca a mí. Nos toca. La pandemia se escribe mientras nosotros jadeamos nuestros calendarios. Somos nosotros los personajes de esta historia. Somos el cuerpo social herido, que deberá rehacer sus furias y sus entusiasmos para regresar a las plazas y a los combates. Somos el lomo, el índice y la introducción- sin  epílogo aún- de este desconcierto del hábito, de esta tregua de los abrazos. Somos los narradores de nuestro propio pulso. Los que sabemos cómo se estanca la voz cuando  lo invisible se topa con los que menos tienen y menos pueden; cómo se huracana la garganta cuando los mismos de siempre repiten su bilis de clase, su ceguera larga y parlanchina acerca de mundos que no conocen, mundos a los que temen y sobre los cuales escupen, con la soberbia de quienes piensan, incluso, coimear a la muerte si fuera necesario.

 

Kandinsly
Kandinsly

Hoy todos somos esa muchacha que rema su bote sobre las aguas turbias del miedo para llegar a rendir su examen. Hoy  todos somos la mujer o el hombre que no se resigna a ser alimentado por una sonda o a usar un barbijo para siempre. Somos quienes merodeamos las cicatrices de nuestro origen y aún deseamos para tantos- sin nadie afuera- la potencia de los cuerpos multitudinados, la sonrisa del encuentro y la pregunta cotidiana, simple: decime, ¿hoy qué vamos a comer?

 

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