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El azar: sobre cómo el Covid acecha a los laburantes.
Por Roberto Aguilar

 

PIFIAR LA MUERTE

El guardia de seguridad se sienta frente a su compañero, quien espera a que le pase las novedades del servicio. Su ropa color caqui y esa estrella brillante en su frente engorrada le hacen pensar a uno, en los bosques y en la larga vida de los leñadores de cualquier fábula. Allí se renuevan constantemente, aunque muera alguno. Permanecen en la memoria del pueblo. En cada trozo de árbol tirado al fuego de la estufa.

Aquí, no.

Muerto el guardia, bien muerto está. Vendrá otro y el olvido de la gente lo enterrará más profundo que la zanja de una tumba. Pero a Ermandías le pasaron las dos cosas: murió, volvió a nacer, ocupó de nuevo su lugar y ahora descansa en el olvido total.

El asunto fue que estuvo internado por coronavirus en un hospital. Después de tres meses, sus pequeños hijos recibieron las cenizas de su padre en una urna. Ya con el pequeño ataúd sobre la heladera, la vecina, a cargo de los chicos, recibió la llamada telefónica de Ermandías desde el hospital. Nadie lo podía creer, pero fue así: el muerto estaba vivo y las cenizas llevaban la memoria quemada de unos huesos ajenos. El guardia era una víctima más del colapso sanitario en la ciudad de Guayaquil. Y así, en el medio de un gran caos, resulta posible que los muertos sean los vivos y los vivos, los muertos.

Después de esta gran confusión, Ermandías volvió al trabajo con un treinta por ciento menos de su capacidad pulmonar. Pese a su dificultad respiratoria, hoy por hoy, le hace frente a la muerte, ayudado por un tubo de oxígeno que arrastra con un carrito vertical ceñido al cilindro de hierro. La vida es dura y sus chicos esperan por un plato de comida. Nadie de su empresa le avisa que se puede morir y, menos que menos, lo obliga a quedarse en su casa. Ermandías reconoce toda esta explotación, pero no quiere resignarse a desproteger a sus hijos. Entonces, va y va a su ingrato trabajo. Como todos los días, reemplaza a su compañero de hace más de veinte años en la empresa “Cazadores” y cuida la entrada del cementerio. Se mete adentro de la garita y pasa revista a la lista negra que le entregan a las seis de la mañana.

En Guayaquil ya no se publican obituarios. Los nombres de los fallecidos desbordan las hojas de los periódicos. Hoy los muertos que pasarán por la entrada del cementerio serán alrededor de quinientos. Mañana, quién sabe. La pandemia es insaciable, pero más con él. Alguien, en algún lugar de Ecuador, descansa en paz, bajo el fuego de su nombre.

 

LA MÍTICA MUERTE DE ZAPATA

Zapata era su nombre real, pero nosotros le llamábamos Bigote. Y todos, creo, sabrán el por qué de su apodo. Más aun, si tenemos en cuenta la historia de cómo se enfrentó a los tiros con diez ladrones, detrás de un escritorio, para defender el tesoro de un hospital. Entonces, uno lo podía imaginar igualito al Emiliano Zapata de México. Mucho no le faltaba. Y su figura era como un gran bigote con patas largas y flacas. Vivía para la seguridad, en busca del orden y de la justicia que él siempre quería rescatar de toda esta farsa de tapar agujeros con vigiladores, a fin de obtener un triste seguro para las firmas usureras y negreras en el país. Sin embargo, a él le gustaba contar siempre su historia. Al repetirla, el interlocutor podía quedarse dormido y soñar con Pancho Villa y Zapata entre los campesinos y obreros de un México convulsionado por la revolución de 1910. Eso es lo que recuerdo de Bigote. Hacía siete años que no lo veía, hasta que me lo trajo a la memoria nuestro supervisor. Dijo:

“Las balas pican cerca, muchachos. Zapata está internado con Covid 19. Grave. Le pusieron un respirador. No se sabe cuánto tiempo más va a resistir. Se lo contagió de su esposa que trabaja en un hospital.”

 

 

 

Después de ese comentario, uno de nosotros sopesó en el aire el mensaje de la muerte. Ese día nadie dijo nada. Solo abríamos la boca para pedir que guardara distancia a la gente que hacía cola afuera de un Banco. Sin embargo, Zapata estaba presente entre nosotros. Sí, las balas picaban cerca, según el jefe. Y le tocó a él, como podría haberle tocado a cualquiera. Eran balas tiradas al aire por un enemigo invisible. Caían desde el cielo como meteoritos y te pegaban o no, según como estuvieras a resguardo. A Bigote le tocaron las de plata (fueron muchas). La muerte de un héroe siempre se sobredimensiona. A nosotros, la cargada con la pólvora de la suerte.

Al día siguiente supimos que murió. También supimos que su historia para salvar las arcas de un hospital se había constituido en todo el sentido que le dio a su vida. Era la hazaña que lo enmarcaba como a un cuadro para la posteridad. La historia de Bigote que, de tan repetida, nos llega ahora, como el final de un relato sobre el Emiliano Zapata argentino, acribillado por la balacera de un enemigo impiadoso e invisible.

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